Por @SoniaBlancoR
Ya perdí la cuenta de cuántos cafés, almuerzos, onces, cervezas, cenas, aromáticas, tragos y demás, he compartido con mis amigas. Incluso, también he perdido la cuenta de cuántas veces nos hemos reído de las mismas historias y los mismos chistes, como si los escucháramos la primera vez.
Pero ese es el encanto de las verdaderas amigas: “todo” es una buena excusa para compartir, para estar juntas. Y es así, como en medio del embolate cotidiano y de las mil citas en la agenda, uno hace lo posible y lo imposible para sacar ese tiempo a la amistad.
Pero, ¿por qué uno es amigo de algunas personas y de otras no?, ¿por qué se genera una afinidad con algunas personas rápidamente, y con otras, a pesar del tiempo, no se logra construir una amistad? La respuesta es muy simple: afinidad. Y esa afinidad puede estar en el sentir, en la postura frente a la vida, en los gustos, en las preguntas y en las respuestas cotidianas. Es por eso que uno, más que buscar amigos, los “reconoce”.
Soy de las que cree que las amigas verdaderas se cuentan con los dedos de una mano. Soy de las que cree que mis amigas verdaderas harían cualquier cosa por mí y yo por ellas. Soy de las que cree que la amistad verdadera desafía y es más fuerte que el tiempo y el espacio (¿no les ha pasado que se dejan de ver con una amiga por un tiempo, y cuando se reencuentran es como si se hubieran visto el día anterior?)
¡Amo a mis amigas! Son mis hermanas de corazón, son la sonrisa que necesito, son el chiste y el comentario en el momento exacto, son las miradas que me hablan y que entiendo, son una partecita de mí y yo de ellas.